Nataraj Express

Journey to the Self


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Perfección

Perfección.
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Toda una vida obsesionada con buscarla, sin darme cuenta de que perfecto para mí, solo significa aceptación.
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Aceptación de lo que es, como es, en el momento. Sin intentar controlar nada, sin intentar cambiar nada. Amando cada instante tal y como se presenta. Perfecto es siempre el momento.
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Últimamente las palabras del maestro Dogen resuenan más y más en mi mente, ya sabeis que siempre las respito; “Si no puedes hallar la verdad justo donde te encuentras, ¿dónde más esperas hallarla?”.
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Toda una vida en movimiento constante, miles de memorias de lugares que ya forman parte de mis células y no tanto de mi recuerdo… Cuando la vida se vuelve sueño o el sueño vida. Cuando las líneas de lo que fue y creímos vivir se funden en un abrazo en el olvido. Más de 40 países, más aviones y transportes de los que pueda contar, más movimiento que quietud. Más buscar y buscar porque me sentía incompleta, vacía, sin guía. Hasta que aprendí a ser yo misma la voz a la que escuchar.
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Desde hace un tiempo (el tiempo pierde su esencia lineal para mí ahora mismo) nada me hace más feliz que estar sentada en silencio en cualquier lugar.
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Qué hacer cuando ya no hay nada más que buscar? Cuando uno entiende realmente que el verdadero viaje siempre ha sido hacia uno mismo?
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Nada. Nada que hacer. Esa es la clave. Nada es siempre la respuesta. El vacío. La quietud abismal del eterno presente.
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Te atreves a quedarte quieto? Te atreves a quedarte sentado con tu dolor hasta que se disuelva en comprensión y aprendizaje? Te atreves a sentir el sufrimiento tuyo que te conecta a todos los demás y todo lo que existe? Te atreves a darte permiso para simplemente ser? Te atreves a mirar de frente a la impermanencia y amarla aún así? Mirarte a tí mismo reflejado en el espejo de tus experiencias? Te atreves a sentarte en silencio y dejar que el silencio hable?
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Te atreves a estar en paz? Te atreves a ser feliz? Te atreves a escuchar tu verdad?
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Sintiendo

Llevo unos días con una sensación sobrecogedora en el cuerpo y en el corazón. Por diferentes motivos, por diferentes historias y personas. Algunas cerca, algunas lejos. Por aquellos que amo y por aquellos que ni siquiera conozco, pero siento parte de mí.
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Las lágrimas brotan sin cesar, mis emociones están revueltas, pero mi mente está clara y serena. La oportunidad perfecta para observar lo que me ocurre mientras me dejo sentir. Mientras me dejo ser en el momento. Mientras me permito sufrir un instante por aquello que me duele. Mientras me permito ser vehículo de dolor y lecciones aprendidas.
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Siempre he creído que si algo te hace sufrir, no es una tontería, por pequeña o grande que sea la razón, tenemos derecho a sentir dolor, a pasar un tiempo de duelo con y por nosotros mismos, y más importante, estando verdaderamente EN nosotros mismos, en el momento presente.
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La vida me va dejando claras ciertas cosas, y una de ellas es la gran necesidad de darnos permiso a sentir lo que estemos sintiendo. Sea lo que sea, tenemos derecho a dejarlo nacer, vivir y transformarse. Porque lo que todos sabemos, es que nada dura para siempre, ni siquiera ese dolor, ni ese sufrimiento, que sentiremos con nosotros un pequeño instante en la eternidad del tiempo.
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La transmutación real sólo ocurre una vez vividos y sentidos todos los estadios. La increíble alquimia del corazón. Que se rompa en tantos pedazos que sólo la luz y el amor puedan mantenerlo unido y en constante cambio y crecimiento.
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Fluyendo siempre

Me encanta hacer formas con mi cuerpo, jugar con el equilibrio, la respiración, el vaivén del momento que nunca se detiene.

Vivimos la vida entre lo que imaginamos que será y entre lo que recordamos que fue; y mientras tanto ella sigue gota a gota llenando ese vacío del que tanto huimos.

Allí, en el instante mismo, viviendo, bebiendo la vida, es donde me gusta estar.

Y si no puedo hacerlo estando de pie porque mi mente salta de un lugar a otro intentando controlar un universo casi imaginado, debo ponerme a veces boca abajo sobre las manos para recordar que si no estoy presente, me caeré…

Fluyendo siempre.


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Dejar ir

Las partes de nosotros mismos que ignoramos aún sabiendo que existen, no desaparecen. Nada desaparece realmente, sólo se transforma…

Si somos capaces de comprender esta información a través de la experiencia encarnada, en realidad ya no nos harían falta ciertos métodos y herramientas que en algún momento del camino nos fueron útiles.

Agradecida a la innata capacidad humana de poder ver, percibir, conocer, experimentar, saber y luego decidir. Pero sólo si nos tomamos el tiempo y nos damos permiso para seguir siendo en constante cambio y movimiento. La lección está en saber usar lo que tenemos sabiamente, y dejarlo ir cuando su propósito se ha cumplido. Perder esa parte de nosotros mismos, es entender que nuestra identidad estaba atada a unos parámetros externos, superpuestos a nuestras creencias internas.

Dejar ir… La eterna lección.